Vaho

Subí las escaleras del metro y el cuerpo se me heló como cuando fui en primavera a Ámsterdam. Yo pensaba que la primavera era cálida, pero me equivocaba; igual que el golpe de realidad que me dio verte me hizo entender que debo viajar el mundo para entenderlo mejor, para entenderte mejor.

Eran tus mismas gafas, tus mismos ojos que brillaban, y eso que solo te he visto de noche. El cabello negro y largo y un circuito de lunares en el que me imaginaba a un millón de hormiguitas en forma de tus historias sirviendo a su reina, una autopista nueva para mi coche viejo que, aun cuando ya está obsoleto, se sentía como recién salido del concesionario de lo cómodo que bailábamos. Así pues, el susto fue tan grande que mejor pedí un taxi en vez de cruzarme con vos, porque yo sabía cuál sería mi reacción; había trabajado todo el día y se me pegó, entre el miedo, un olor raro que yo sabía que alguien como vos no debía oler en mí. Ni el miedo ni el susto, porque es que los hombres no podemos mostrarnos vulnerables ni desnudar lo que sentimos, porque la evolución y la larga selección natural desprecian a los cobardes; yo, que me veo como la base de la cadena alimenticia, tal como el agua, que no tiene nada que depredar excepto a quien ahoga con la furia.

Pero vos sí me viste y fuiste acercándote, y yo olí otra vez, porque el viento que acariciaba esos cabellos finos transportó tu aroma hasta mí, y ahí es que yo fui ratón y vos boa, hipnótica. Y yo, que creo saber que el humano es el único animal cómodo en su propia destrucción, quería que tu vaho me entrara muy adentro, y aun cuando fuese venenoso, que me mataras al menos a piquitos —o eso quería pretender en el trance—, así me clavaras los colmillos y me digirieras lentamente, parte por parte. Te acercaste, y en mis fantasías ensayé mucho qué decirte, pero es que yo soy de los que creen que uno nunca está enteramente preparado para ningún examen. Medio abriste los labios, tomaste tu teléfono y saludaste a alguien pasando por mi lado. Yo quería atajarte y hacerte todas esas preguntas a las cuales ya sé la respuesta, porque hace mucho no contestabas mis mensajes, y nunca había tenido tanto susto de decir tu nombre corto, aun cuando quería tatuármelo por si en algún momento me despertaba y olvidaba todo, para saber al menos que hubo alguien al que le pertenecí enfermizamente. Lo pronuncié, no sé si alto o quedo, y medio te tomé el brazo, y me miraste muy extrañada. Supe que no eras vos porque llevabas otro nombre tatuado en el hombro, con una fecha que no olvidás y que sé que es tremendamente importante para vos. Disculpe, señorita, la confundí con alguien. No se preocupe, me asustó.

Subí las escaleras del metro, pero ya mi taxi había llegado, y me fui todo el trayecto hasta Manrique pensando si debía invitarte a salir.