Un papelito en medio del mar
Mamá tenía razón cuando encontró las cajetillas y preguntó por qué me estaba haciendo tanto daño. También tenía razón la voz que me decía que no debía beber así, menos mezclando antidepresivos con cerveza barata y ansiedad vieja.
Pero esa noche no quería ser prudente. Quería sentirme vivo.
Había algo en la discoteca —entre el humo, el reguetón hasta el piso y las luces azules— que me hacía creer que la vida estaba pasando en otro lugar y yo apenas la estaba mirando desde afuera.
Vi a mi amigo con una mujer más joven. No era envidia sucia. Era algo parecido a ver una puerta abierta y no recordar cómo se camina. Yo, que a veces me quedo quieto cuando alguien se acerca demasiado. Yo, que bebo para apagar algo que ni siquiera sé nombrar y me despierto con el guayabo eterno y el desprecio propio.
Al otro día no tenía dinero. Gano bien. Trabajo en tecnología. Resuelvo problemas complejos. Pero mi vida personal a veces parece un sistema sin mantenimiento.
Tomé electrolitos. Un ibuprofeno. Y empecé a decir mentiras pequeñas: a quienes les debía dinero, a quienes dependían emocionalmente de mí. Mentiras para ganar tiempo. Mentiras para no enfrentar la responsabilidad.
Si leo mis escritos de hace diez años, el patrón es el mismo. Un hombre que quiere aventuras pero no quiere hacerse cargo del precio. Un adulto con responsabilidades y la sensación persistente de ser un niño perplejo.
Tal vez por eso huyo. Por eso pensé tantas veces en la vasectomía como quien intenta blindarse del futuro. Por eso me atraen mujeres que sostienen mundos con una firmeza que yo todavía estoy aprendiendo.
Y, al mismo tiempo, sigo buscando lo salvaje. Como si la intensidad pudiera resolver lo que la disciplina no ha terminado de construir.
Marco Aurelio no bailaba hasta el piso para sentirse vivo. Y aun así, aquí estoy. Ingeniero de sistemas de día, criatura ansiosa de noche.
No estoy cargando una piedra gigantesca todos los días. Voy al gimnasio. Trabajo. Funciono. Pero a veces me miro al espejo y veo un papelito en medio del mar: algo que flota, que no se hunde del todo, pero tampoco decide su rumbo.
Lo extraño es que sé exactamente qué debería hacer. Encargarme de mis cosas. Ordenar mis finanzas. Dejar de anestesiar la ansiedad con ruido. Asumir la responsabilidad que tanto admiro en otros.
Hay una esperanza inquieta en todo esto. Porque incluso un papelito, si deja de resistirse a la corriente, puede aprender a usarla.
No necesito autodestruirme para sentirme vivo. Eso lo sé. Lo sé desde hace diez años. Saberlo no ha sido suficiente.