Mercedes

Cuando era pequeña trabajaba en la carnicería de mi padre. A mi papá, de cariño, todos le decían Papá Toño. Era uno de los pocos carniceros de por allá, en lo que más que pueblo era un conjunto de veredas regadas entre lomas, donde todos nos conocíamos con todos: sabíamos quién había parido, quién debía, quién se estaba muriendo despacio. La carnicería olía a sangre fría y a aserrín, y en los ganchos colgaba la carne salada, tiesa de tanto sol y tanta sal, esperando a que alguien la bajara para una viuda de pescado o para el sancocho del domingo.

Papá Toño me dejaba atender la tienda desde chiquita, y a mí me gustaba, porque él era uno de mis modelos a seguir. Era de esos hombres que uno escoge sin que le pregunten: alto, flaco, larguirucho, con unos ojos azules que en esas veredas no tenía casi nadie. Decían que descendía de algún español que se quedó por Cartagena. Él se reía y decía que más bien era la combinación de muchas cosas. Sabía de todo, eso sí: de carne, de animales, de la tierra; podía explicarle a cualquiera cómo se sembraba el plátano, cómo crecía, cuándo se cosechaba.

Nunca permitió que yo viera cuando hacían las matanzas, cuando pegaban las reses. A veces ni siquiera me dejaba verlos vivos. Decía que bajo mis ojos grises —los de él, azules— no quería que hubiera ni un trauma de tristeza en lo que estaba haciendo. Y aunque desde la religión siempre le profesaron a uno que los animales están hechos para el consumo de las personas, Papá Toño decía otra cosa, más simple: que la tristeza es tristeza, sin importar de dónde llegue.

A él le gustaba más que yo viera la otra cara: la felicidad de la gente cuando venía por su carne. Porque eso no era cosa sencilla, era un privilegio. No vendíamos caro; era que, con la pobreza marcada alrededor, unos pocos gramos de proteína podían costarle a alguien dos o tres días de trabajo bien pesado. Por eso en esa carnicería no se botaba nada. Con los recortes que sobraban Papá Toño me enseñó a hacer chorizos, longanizas, lo que fuera, para que la señora que entraba con la moneda contada igual se fuera con algo en la bolsa. Y fiaba. Me decía a cada rato que fiara, que le diera a la gente, aunque yo veía que mucho de lo que se fiaba después no lo volvían a pagar. Por eso una tía mía lo llamaba pendejo. Pero él seguía igual, con las manos sobre las mías, embutiendo, apretando, enseñándome que de lo que otros botan también se come.

A la carnicería se arrimaba un perro, un cruce de labrador con quién sabe qué. Le pusimos Sultán, de cariño. Sultán fue una de las primeras criaturas en este mundo que probó mi cocina, porque apenas llegaba yo tenía que prepararle algo: no comía nada crudo, pero tampoco sobrecocido, tenía que quedar en su punto, ni un minuto más. La gente me decía que a los animales no se les podía echar tanta sal, y ahí fue donde entendí la diferencia. En la casa vendíamos la carne salada, el pescado salado, todo curado para que aguantara. Pero a Sultán había que cocinarle con poca sal, con cuidado, no para que durara sino para que le supiera bien ese día. Esa sazón —que también venía de Mamacita, mi abuela, de sus recetas— la fui milimetrando con un perro callejero, y años después la aprovecharon mis siete hijos, que hasta hoy me dicen que mi cocina es la mejor que han probado.

Pero antes de los hijos vinieron los hermanos. También siete. Mamá vivía atendiendo la casa, y alguien tenía que atenderlos a ellos, así que me volví casi su mamá antes de tiempo: les daba de comer, los peinaba, los regañaba. Papá Toño lo dispuso así, que yo cuidara, como si supiera desde temprano que la vida me iba a pedir manos para muchos.

A Pacho lo conocí una de esas tardes, en la casa, en vida de mi papá. Yo estaba cuidando a mis hermanos y haciendo un enyucado con una receta de Mamacita, y lo vi de lejos, en medio de un sol indoliente que quemaba los pies. Papá Toño le mostraba a él y a su hermano un lote de plátano recién sembrado, explicándoles cómo se plantaba, cómo crecía, los tiempos de la cosecha. Pacho era de tez morena, bajito, pero con su uniforme yo lo veía gigante. Le gustó el olor del enyucado, y Papá Toño le ofreció un poco. Él lo probó, me miró, y dijo que era algo tremendamente increíble, que me había quedado mejor que a su propia mamá. No supe qué hacer con esas palabras, así que las guardé.

Por eso me dolió tanto la última vez que vi aquellos ojos azules.

De todas las maneras en que me imaginé que se iría, ninguna fue la que pasó. Yo siempre pensé que lo perdería de golpe, en un accidente, que se cortaría un dedo, una mano, que la sangre que él me había escondido toda la vida vendría por él un día cualquiera. Pero se fue callado. Años después alguien me diría que de pronto había sido un cáncer en el pulmón: años y años de tabaco puro, de ese que él fumaba apoyado en la puerta mientras caía la tarde. El hombre que manejó la muerte de tantos animales se murió de la cosa más silenciosa que hay, el humo.

En su último aliento Papá Toño no habló de la carnicería, ni de plata, ni de Dios. Solo me dijo cuánto me amaba, que le criara a mis hermanos —que yo ya sabía cómo—, y que al menos se iba tranquilo sabiendo que de mi comida nunca nadie se iba a quejar. Ese día me prometí, mirándole los ojos azules por última vez, que yo nunca iba a fumar.

Y así es la vida: uno va pasando de una promesa a la otra. No sé si será que el corazón no guarda memoria, pero a quien terminé queriendo perdidamente fue a Pacho, el de aquel mediodía de sol, el del uniforme que lo hacía gigante. Lo que no he contado es que, aquella primera vez, mientras mi papá le ofrecía mi enyucado, Pacho tenía un tabaco en la boca. El mismo tabaco que de un momento a otro deseé. El mismo que le había prometido a mi padre no tocar jamás.