Las chimbitas no van al cielo

Las chimbitas no van al cielo. Eso lo dicen las señoras de la cuadra en Manrique cuando espían por la ventana regando las matas bien temprano. Todavía quedan botellas vacías rodando por la loma. Lo dicen como quien afirma una verdad antigua, mientras miran de reojo el balcón donde anoche alguien estaba fumando hasta tarde.

Ella sube en taxi porque a esa hora el metro ya está cerrado y la ciudad vuelve a ser otra, menos organizada, más sincera. El conductor la observa por el retrovisor, pero no se atreve a decir nada. La deja media cuadra antes, como siempre. Para que no digan, para que no la vean bajarse del carro. La loma está húmeda y los perros ladran sin convicción. En alguna ventana un televisor transmite un culto evangélico a todo volumen, como si estuvieran exorcizando la madrugada.

Camina con los tacones en la mano, no por vergüenza sino porque le duelen los pies. El vestido le huele a cigarrillo y a cerveza derramada. No está arrepentida. Tampoco eufórica. Está cansada, simplemente. Viva y cansada.

Su mamá dejó la luz del corredor encendida y el rosario sobre el televisor, esa forma silenciosa de recordar que Dios también vive en la casa. Ella entra sin hacer ruido, abre la nevera —que enfría cuando quiere— y se toma una Pony Malta tibia. Se sienta en el sofá sin cambiarse, mirando el techo como si allí estuviera escrito algo importante. No piensa en pecado. Piensa en el hombre que hace un par de horas le prometía que era distinta. Que con ella era diferente. Que una mujer así desarma a cualquiera. Ahora, seguramente, duerme tranquilo en otra cama.

Las chimbitas no van al cielo, repiten los mismos que suben la loma sudando para tocarle la puerta cuando la casa está sola. Los que hablan de respeto pero buscan piel. Los que dicen que una mujer así no es para algo serio. Los mismos que aprietan su cintura contra la pared de un motel barato en el centro.

En la esquina ya están haciendo arepas. Huele a masa y a fritanga vieja. Un vecino sale a comprar con el perro de siempre y la ve por la ventana al pasar. Le sostiene la mirada un segundo más de lo necesario. En esa mirada cabe todo: deseo, juicio, curiosidad, envidia.

Ella no pide perdón. No promete cambiar. No escribe mensajes largos explicando lo que siente. A veces responde. A veces no. No por estrategia, sino porque no nace. Porque nadie le debe nada y ella tampoco quiere deber.

Si el cielo existe, debe quedar por encima de estas montañas. Lejos del ruido del metro que volverá a abrir en un rato. Del reguetón que sube desde la cancha. Un lugar limpio, silencioso, donde nadie suda ni se equivoca. Un sitio correcto.

Ella prefiere la loma. Prefiere el amanecer gris sobre los techos de zinc. Prefiere este barrio que la juzga pero la conoce. Cuando por fin se acuesta, la ciudad empieza a moverse otra vez.

Las chimbitas no van al cielo.

Y desde Manrique, la verdad, eso queda demasiado alto.

Gracias a Manuela Castrillón, Giovanni Restrepo, Naty Noreña, Sebas Vargas, Esteban Lopera Lorena y José Muñoz por ser los primeros en leerlo.