Escorpión

Los espejos de este gimnasio deforman. Te estiran o te ensanchan según el ángulo, y todo el mundo lo sabe, y a nadie le importa, porque la gente viene a tomarse fotos y la versión del vidrio les conviene más que la de la casa. Yo lo confirmé al principio: me miré aquí, me miré al llegar al apartamento, y no era el mismo cuerpo. Pregunté en recepción. Se encogieron de hombros.

Entro a las siete como todos los martes. El gimnasio huele a caucho y a desinfectante barato y suena un reguetón que nadie pidió pero que todo el mundo tolera porque así funcionan estos sitios, con un ruido de fondo que te llena la cabeza. Dejo el morral en el locker, me pongo los guantes, empiezo por la prensa de piernas, y desde ahí la veo: está en la máquina del fondo haciendo hip thrust, short gris, blusa negra, baja, las cejas gruesas y el pelo recogido. Se levanta entre series, camina hacia el bebedero, pasa a medio metro de mí, y yo la miro directo, sin espejo, sin ángulo, sin vidrio de por medio.

Es la primera vez.

Había leído en alguna parte que bastaba una sonrisa cálida para entrar en contacto con alguien. La ejecuté un martes a las siete de la noche, cuando ella acababa de llegar, toda de negro, y yo la vi aparecer en el espejo del fondo mientras hacía bíceps. Le sonreí al reflejo. Ella me miró —también por el espejo— y yo quité la sonrisa y bajé los ojos y seguí con la serie como si no hubiera pasado nada, y en el vidrio su cara se quedó un segundo más girada hacia donde yo estaba, o eso quiero creer, porque en un espejo que deforma tampoco se puede saber cuánto dura una mirada ni hacia quién iba.

Ella vuelve del bebedero. Pasa otra vez por mi lado, más despacio esta vez, o eso me parece, secándose la boca con el dorso de la mano, tan cerca que le veo un lunar en el cuello y me llega un olor suave —shampoo, crema, algo que atraviesa el caucho y el desinfectante— y yo clavo los ojos en la pared de enfrente y aprieto la barra y sigo con la serie.

Una tarde le preguntó al entrenador por una búlgara, parce cómo hago eso, con cuánto peso empiezo. Yo estaba a dos máquinas, terminando una serie de curl, lo bastante cerca para oírla sin esfuerzo, sin pared ni vidrio ni nada entre su voz y yo: la ese arrastrada al final de las palabras, una velocidad que no era ni lenta ni apurada, y una risa corta al terminar que no era para nadie, que era el ruido que hace alguien cuando pregunta algo que ya medio sabe pero pregunta igual. La oí entera. Pero la estaba viendo por el espejo lateral, donde los cuerpos se achatan o se alargan según dónde te pares, y la oía de un modo y la veía de otro, y a la del vidrio le puse más atención porque a esa la podía mirar sin que ella se diera cuenta.

Después le pregunté al entrenador cómo se llamaba. Me dijo el nombre.

Sé cómo se llama y no le he dicho una palabra. La miro desde la máquina de al lado: cómo acomoda el disco, cómo se sienta, cómo empuja con las caderas, cómo descansa entre series con los codos en las rodillas mirando el piso, cómo se seca la frente con el brazo. Y lo que veo, sin espejo, sin vidrio que estire ni achate a nadie, es una mujer haciendo un ejercicio en un gimnasio a las siete de la noche. Eso. Los entrenadores pasan por al lado de ella y la saludan y ella les contesta y nadie se detiene, nadie se queda mirando, porque para todos los demás es una persona haciendo lo que hace una persona en un gimnasio, y yo no entiendo cómo lo mismo que a mí me cierra la garganta para el resto del mundo no pesa nada, no vale una pausa, no merece ni una segunda mirada, y no sé qué hacer con eso, con que no haya ningún vidrio entre los dos y no haya excusa y no haya nada salvo tres metros de piso de caucho y lo único que me llegue sea una incomprensión espesa, como llegar a un examen sin haber leído ni el programa, sin saber siquiera de qué materia es.

Bastaría un hola. Estoy casi seguro.

Ya son las ocho. Me levanto de la máquina y recojo la toalla y camino hacia la puerta, y en el espejo de la entrada mi cuerpo se ensancha como siempre, y al fondo, en el reflejo, ella sigue ahí, acomodando otro disco para otra serie, y alguien le dice algo y ella se ríe, y yo no alcanzo a oír la risa desde acá. Los espejos de este gimnasio deforman, y afuera está empezando a llover, y yo salgo, y no le digo nada.